“Puesto
que todo está íntimamente relacionado,
y
que los problemas actuales requieren una mirada
que
tenga en cuenta todos los factores de la crisis mundial,
propongo
que nos detengamos ahora a pensar
en
los distintos aspectos de una ecología integral,
que
incorpore claramente
las
dimensiones humanas y sociales”.
EN TORNO A LA ENCÍCLICA DEL PAPA FRANCISCO
“LAUDATO SI’. SOBRE EL CUIDADO DE LA CASA COMÚN”.
LOS RETOS DE LA ECO-ESPIRITUALIDAD
PARA LA VIDA RELIGIOSA
I.
LOS
ANÁLISIS Y PROPUESTAS DEL PAPA FRANCISCO
Es esta la primera
Encíclica, el primer documento del Magisterio Ordinario de la Iglesia Católica
sobre el tema específico de la Ecología. Ha llegado tarde, pero ha llegado en
óptimas condiciones. Es algo fruto de un Papa jesuita, pero de corazón
franciscano, que toma las palabras de San Francisco de Asís de su famoso Cántico de las Criaturas o Cántico del Hermano Sol, como es
popularmente conocido, como título de la Encíclica. En ese espíritu
franciscano, el Papa nos ofrece una reflexión teológica de síntesis sobre las
cuestiones que tratan de la Naturaleza. Nosotros nos vamos a fijar
principalmente en sus aspectos espirituales y ver cómo podemos encontrar al
final alguna aplicación práctica para la Vida Religiosa. Porque si hay una
temática verdaderamente práctica es esta: la que trata de la Casa Común de
todos los seres. Con todo, no la debemos separar de su otro escrito en cuanto
Papa, la exhortación apostólica Evangelii
Gaudium. La alegría del Evangelio.
1. En efecto, en este
último texto citado del Papa Francisco, la EG, sienta las bases de su teología (en nuestra
opinión, de influencia latinoamericana y liberadora), así como realiza una
valiente denuncia de la situación actual mundial. La pretensión es que el
Evangelio sea una oferta alegre, profunda y transformadora de esa situación,
que dé esperanza al ser humano de hoy. En otras palabras, que sea parte de la solución y no parte del problema. El
cristianismo vivido evangélicamente tiene mucho que aportar al mundo de hoy y a
sus problemas. Esta visión encaja muy positivamente en la espiritualidad y
evangelización de la Vida Religiosa hoy, sobre todo si quiere ser vivida significativamente, es decir, como una señal para los seres humanos y las sociedades de hoy, especialmente
para aquell@s más marginad@s por el denominado “Progreso”.
Es interesante
entonces que el propio Papa haga un somero análisis de la realidad en esta
Exhortación Apostólica (una Mediación Socio-Analítica, en terminología de la
teología latinoamericana). Destaca más los aspectos negativos (tal vez tuviera
que haberlo equilibrado más con otros aspectos positivos), bajo el epígrafe
“Algunos desafíos del mundo actual”. En efecto, señala aquí que la humanidad
vive un giro histórico:
“Estamos
en la era del conocimiento y la información, fuente de nuevas formas de un
poder muchas veces anónimo” (EG, 55).
Es decir, lo que se
pudiera haber generado como aspecto positivo, puede degenerar en poderes
anónimos que nos controlan y nos manipulan. El conocimiento no es neutral. En
este sentido, señala muy oportunamente su negativa a una economía de la
exclusión y de la inequidad:
“Hoy
todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte,
donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación,
grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin
horizontes, sin salida. Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de
consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del
“descarte” que, además, se promueve” (EG, 56).
La conclusión que se
obtiene de aquí es clara: l@s ”excluid@s” no son simplemente “explotad@s”, sino
que son “desechos, sobrantes, descartables”. Y lo que es peor: el Sistema
(capitalista) ya ni siquiera puede explotar a todos y todas, sino que hay gente
que ni siquiera accede a la condición de “explotable”. Más bien es
“descartable”.
Otro “no” del Papa es
a la nueva idolatría del dinero, que está conectado con el anterior punto. En
efecto, una de las causas de la situación actual es nuestra aceptación pacífica
de su predominio (el del dinero) sobre nosotros mismos y nuestra sociedad.
Escribe el Papa:
“Hemos
creado nuevos ídolos. La adoración del antiguo becerro de oro (cf. Ex 32, 1-35)
ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en
la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente
humano. La crisis mundial, que afecta a las finanzas y a la economía, pone de
manifiesto sus desequilibrios y, sobre todo, la grave carencia de su
orientación antropológica que reduce al ser humano a una sola de sus
necesidades: el consumo” (EG, 58).
Lo que está en el
fondo de la problemática es una profunda crisis antropológica, que es la
negación de la primacía del ser humano. El ser humano es relativizado y el
capital es absolutizado. Digamos aquí que hay una inversión: el sujeto (humano) pasa a ser objeto (objetualizado), y
el objeto (capital) para a ser sujeto (subjetivado). Esta es la esencia del
fetichismo económico que le mismo Carlos Marx tan bien mostró en su obra cumbre
de El Capital.
Por su parte,
Francisco escribe:
“Este
desequilibrio proviene de ideología que defienden la autonomía absoluta de los
mercados y la especulación financiera” (EG, ibid.).
En un estudio nuestro
de hace tiempo, llamamos al mercado el “reino de dios”, es decir, el lugar
privilegiado donde el capital ejerce su potencialidad y donde se realiza. Hoy
habría que decir que es el mismo mercado financiero el que se autonomiza a
nivel económico (o lo pretende) a tal grado que va pretendiendo ser
autosuficiente. A costa del ser humano, que es el que en definitiva crea toda
la riqueza. Pero he aquí esta suprema paradoja del sistema capitalista que nos
(des)gobierna: quien trabaja empobrece, quien no trabaja enriquece. Y todo esto
por la específica organización de la economía que tenemos, donde el lucro
(privado) es puesto como absoluto. Digamos que el lucro se convierte hoy en el
“espíritu santo” del mismo sistema.
Por eso no debemos
pasar por alto que ya en esta su comunicación (Exhortación Apostólica) dice
algo, escrito solo un poco más adelante,
que desarrollará más ampliamente en la Encíclica sobre la Ecología, que
vamos a analizar después:
“En
este sistema, que tiende a fagocitarlo todo en orden a acrecentar beneficios,
cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los
intereses del mercado divinizado convertidos en regla absoluta” (EG, 59).
En otras palabras, la
misma Naturaleza es una víctima inocente de este perverso sistema divinizado,
que avasalla y destruye cuanto “fagocita”, absolutizados los beneficios de una
minoría planetaria, de manera cada vez más impersonalizada y anónima.
Por eso, concluye el
Papa con otras dos negaciones: no a un dinero que gobierna en lugar de servir y
no a la inequidad que genera violencia. Habrá otras “negaciones”, pero estas que
señalamos serían más de tipo “objetivo”, es decir, que manifiestan mejor la
estructuración y dinámica del mismo Sistema.
Sin duda, esta
Exhortación Apostólica tendría otras perlas más, del punto de vista teológico,
sociológico y pastoral, pero no es nuestro cometido analizarla aquí, sino que
ha servido más bien para centrar el análisis de Francisco de su Encíclica
ecológica. Porque para hacer una reflexión ecológica era necesario antes llevar
adelante esta Mediación Socio-Analítica o Análisis de la Realidad.
2. Es interesante
tener en cuenta el subtítulo de la Encíclica ‘Laudato Si’, que es “sobre el
cuidado de la casa común”. Hay, por lo tanto, dos palabras clave aquí: ‘cuidado’
y ‘casa común’. El Papa fundamenta aquí una teología
del cuidado y, sobre todo, una pastoral
del cuidado y la ternura, en la línea del gran Francisco de Asís. Y ‘casa
común’ porque el planeta es nuestra casa común. Nosotros/as somos parte de esa
casa común, somos esa misma casa común.
Inspirado, pues, en
el canto de San Francisco de Asís a todas las creaturas, y todavía más, en su
misma figura, que nos intentó mostrar, entre otras cosas, partiendo de una honda vivencia cristológica,
la Naturaleza como una revelación de Dios, el Papa Francisco realiza un rápido,
pero no por eso menos importante, análisis de la realidad ecológica
contemporánea (bajo el título “lo que le está pasando a nuestra casa”).
La conclusión de ello
es la enunciación de varias “des-gracias” de nuestro actual planeta:
contaminación y cambio climático, la cuestión de la escasez del agua, la
pérdida de la biodiversidad, el deterioro de la calidad de la vida y la
degradación social, la inequidad planetaria y la debilidad de las reacciones.
Estos son problemas estructurales, no meros accidentes del planeta como tal. El
Papa identifica la causa en el llamado modelo tecnocrático, expresión de la tecnociencia como ideología. Esto afecta
tanto al planeta como algo físico y biológico, como a la especie humana en
particular. O, en otras palabras, es una cuestión única que afecta tanto a lo
biológico como a lo social.
De ahí que el Papa
sea redundante en señalar que quiere buscar una ecología integral, es decir, una ecología que integre al ser humano
igualmente. La destrucción de la Naturaleza va de la mano juntamente con la
destrucción de las y los pobres. La subordinación tiránica de la Naturaleza en
beneficio de unos intereses económicos de lucro privado, reproduce el mismo
esquema mental que la exclusión de millones de seres humanos de unas
condiciones dignas de vida. No son, por consiguiente dos problemas, sino uno
solo: exclusión.
No lo dice con estas
palabras, pero se trata de una crítica radical del sistema capitalista y de su
paradigma mental, que es insensible a la cuestión de la finitud de los recursos
naturales (principalmente, ahora, de los de origen fósil), y la confianza
fáustica de que la ciencia y la tecnología resolverán todos los problemas que
se les pongan por delante. A esto, el Papa lo denomina el “paradigma
tecnoeconómico”, donde la tecnociencia va unida a las finanzas.
Digamos que el
beneficio no es para la Humanidad como un todo, sino para una minoría
privilegiada. Y esto porque el lucro
individual (no colectivo) está a la base de este sistema de explotación
económica:
“…
los poderes económicos continúan justificando el actual sistema mundial, donde
priman una especulación y una búsqueda de la renta financiera que tienden a
ignorar todo contexto y los efectos sobre la dignidad y el medio ambiente. Así
se manifiesta que la degradación ambiental y la degradación humana y ética
están íntimamente unidas” (LS, 55).
El Papa Francisco ve todo interrelacionado: la degradación
ambiental, la degradación humana y la ética. Y lo mira todo ello desde una
perspectiva teológica: el abandono
del Dios de la Vida en provecho de un ídolo de la muerte, concentrado en el
Capital y el lucro, y que se realiza en el anti-reino del Mercado. No tendría
que ser necesariamente así, pero de hecho lo es. Buscar solo remedios
provisionales e inmediatos, por necesario y urgente que pueda ser en
determinados momentos, es simplemente actuar sobre los efectos y no sobre las causas
de la injusticia estructural y no resolver en definitiva el problema de raíz.
3. Por consiguiente,
el Papa no quiere quedarse meramente en mostrar los síntomas de la degradación ecológica, sino que quiere profundizar
en ello y encuentra la raíz humana de la degradación ecológica. Ahí ahonda en
lo que denomina el paradigma tecnocrático dominante y en el lugar y acción
(praxis) del ser humano en el mundo. Es todo el desarrollo del capítulo
tercero.
Más recientemente, se
refiere a la revolución digital, la robótica, las biotecnologías y la
nanotecnología (cfr. LS, 96). Pero Francisco no es solo negativo frente a estos desarrollos
técnicos, especialmente en el área de la medicina, la ingeniería y las
comunicaciones. De este modo, bien
orientada, la tecnociencia podría producir cosas realmente valiosas para
mejorar la calidad de vida del ser humano. No se trata por lo tanto de un
discurso catastrofista sobre el avance científico y tecnológico. Pero es aquí
donde se sitúa una tremenda ambigüedad:
por una parte podría servir para mejorar la vida humana sobre el planeta
Tierra, pero por otra también da, a quien tiene el conocimiento y sobre todo el
poder económico, un poder impresionante sobre el conjunto de la humanidad y del
mundo entero. Y esto es ya una cuestión a la que el ser humano, que no es
plenamente autónomo, está expuesto frente a su propio poder, y le falta una
ética sólida, una cultura y una espiritualidad que le sitúen frente a sus
límites.
Ya Francis Bacon, un abanderado de la revolución científica en el siglo
XVII, decía que el “saber es poder” y en una imagen ingenua de la naturaleza
pensaba que esta era neutral y que se podía lícitamente “torturarla para sacer
sus más recónditos secretos”. Esto es lo que podemos llamar el imperialismo noético, sin contenido
ético, que llevará a tantos desastres ecológicos. En el fondo, hay, en nuestra
opinión, una imagen dualista de la realidad, donde se oponen sujeto (humano,
todopoderoso y dotado de legitimidad imperialista sobre la naturaleza) y objeto
(una naturaleza supuestamente neutral, ilimitada en recursos y siempre pasible
de ser explotada por una de sus especies, la humana). Francis Bacon no había
captado la interrelación dialéctica que se da entre ser humano y Naturaleza, o
mejor, el no-dualismo u holismo que se da entre un ser humano y su contexto
ecológico. No hay ser humano y Naturaleza,
sino ser humano en la Naturaleza, o
mejor, un ser humano que es también la
Naturaleza.
En otras palabras, este paradigma dualista no es un paradigma inocente:
es el resultado de concebir un poder económico y tecnocientífico omnímodo, que
era el proyecto de la burguesía. En un sistema como el capitalista que provoca
el conflicto de clases, ello implica que una minoría de privilegiados dominen a una mayoría de
desposeídos de sus recursos y de sus derechos, y la explotación permanente de
los recursos ecológicos (sobre todo, los energéticos) que no son infinitos.
Francisco atribuye dos características centrales a este paradigma
tecnocientífico: es homogéneo y unidimensional. Su sujeto es un sujeto
dominador, y lo ejerce con una técnica de posesión, dominio y transformación.
Por eso:
“… el ser humano y las cosas han dejado de
tenderse amigablemente la mano para pasar a estar enfrentados. De aquí se pasa
fácilmente a la idea de un crecimiento infinito o ilimitado, que ha
entusiasmado tanto a economistas, financieros y tecnólogos. Supone la mentira
de la disponibilidad infinita de los bienes del planeta, que lleva a
“estrujarlo” hasta el límite y más allá del límite” (LS, 100).
Es el falso presupuesto de que, citando al Consejo Pontificio Justicia y Paz,
“existe una cantidad ilimitada de energía y de recursos utilizables, que su
regeneración inmediata es posible y que los efectos negativos de las
manipulaciones de la naturaleza pueden ser fácilmente absorbidos” (LS, ibid.).
Y es que el paradigma tecnocrático y su metodología son reduccionistas, y afectan así a la vida
humana y a la sociedad en todas sus dimensiones. Hoy día ese paradigma
tecnocrático se ha vuelto tan dominante que es muy difícil prescindir de sus
recursos. Y más difícil todavía es utilizarlo sin ser dominados por su lógica
intrínseca. Es decir, los medios no son neutrales. No es posible separar el
paradigma tecnocrático de un modo de pensar, como si fuera solamente una
metodología. Esa metodología está dentro de un determinado universo mental
(paradigma) que lo impregna todo.
Por supuesto, esto no quitaría, en nuestra opinión, defender una ciencia
humanista, pero tendría que darse dentro de un paradigma humanista. Pero
además, y seguimos pensando, no basta ya el mero paradigma humanista, por los
peligros ya señalados de un antropocentrismo imperialista, consciente o
inconsciente. Tiene que ser realmente un paradigma ecológico (o, en nuestra
personal reflexión y opción intelectual, un
paradigma holístico, que integraría seres humanos y las restantes especies
de flora y fauna, así como el entorno simplemente material del planeta, en un
todo armónico. Necesitamos urgentemente desarrollar este paradigma epistemológico.
Porque de la manera de pensar se originan unas acciones determinadas).
4. La propuesta entonces del Papa es la de una ecología integral. Es coherente con todo lo que ha venido
reflexionando a lo largo de su Encíclica y de la que hemos destacado lo que nos
ha parecido los puntos más importantes de su discurso. El Papa es consciente
que todo está íntimamente relacionado. Así, todos los problemas actuales
estarían para él interconectados y necesitaríamos para eso una mirada que tenga
en cuenta todos los factores de la crisis mundial. De ahí la necesidad de una
ecología integral.
Si la ecología estudia las relaciones entre los organismos vivientes y
el ambientan donde se desarrollan, lo importante es tener en cuenta que al hablar de medio ambiente estamos hablando de una relación (mejor diríamos, una inter-relación),
que es la que existe entre la Naturaleza y la sociedad que la habita. Nada más
erróneo entonces entender la Naturaleza como algo separado de nosotros/as o
solamente como un mero marco de la vida humana: “Estamos incluidos en ella,
somos parte de ella y estamos interpenetrados” (128). Esta idea es repetida
abundantemente a lo largo de la Encíclica papal. Por lo tanto, ya no es posible
encontrar una respuesta específica e independiente (es decir, separada) para
cada parte del problema. Va aquí de la mano una crítica radical del reduccionismo.
Tenemos entonces que buscar soluciones integrales que consideren las
interacciones de los sistemas naturales entre sí y con los sistemas sociales.
Escribe Francisco:
“No hay dos crisis
separadas, una ambiental y otra social, sino una
sola y compleja crisis socio-ambiental. Las líneas para la solución requieren una aproximación integral
para combatir la pobreza, para devolver
la dignidad a los excluidos y simultáneamente
para cuidar la naturaleza” (LS, 128-129).
(Al fin y al cabo, eco-logía y econ-nomía hacen ambas referencia al oikos o casa).
Por eso, si todo está relacionado, la salud de las instituciones
sociales tiene consecuencias en el ambiente y en la calidad de vida humana.
Igualmente, junto al patrimonio natural hay una ecología cultural (que tiene
que ver con el patrimonio histórico, artístico y cultural) que puede estar amenazada.
Aparece como una parte de la identidad común de un lugar y una base para
construir una ciudad habitable y humana.
Y lo que es muy interesante en esta visión de Francisco: es necesaria
una ecología de la vida cotidiana. Una
ecología de lo cotidiano. ¿Qué quiere decir esto? Esto implica tratar del
tema de la calidad de vida en el día a día y esto implica tratar también la
temática del espacio donde se desarrolla la vida de los hombres y mujeres. El
ambiente sirve para expresar nuestra identidad. Escribe Francisco:
“A veces es encomiable la ecología humana que
pueden desarrollar los pobres en medio de tantas limitaciones. La sensación de
asfixia producida por la aglomeración en residencias y espacios con alta
densidad poblacional se contrarresta si se desarrollan relaciones humanas
cercanas y cálidas, si se crean comunidades, si los límites del ambiente se
compensan en el interior de cada persona, que se siente contenida por una red
de comunión y de pertenencia. De ese modo, cualquier lugar deja de ser un
infierno y se convierte en el contexto de una vida digna” (LS, 136-137).
Por lo tanto, son aquí muy significativas las categorías de
‘pertenencia’ y de ‘arraigo’ en contraposición al anonimato social, al
desarraigo, a la falta de identidad social y humana, que provocan la falta de
sentido de la vida humana.
Aquí enlaza el Papa Francisco con
el famoso principio de Bien Común, de larga tradición en teología moral
católica. Así, la categoría de Bien Común significa:
(1)
El
respeto a la persona humana en cuanto tal, que posee derechos básicos e
inalienables ordenados a su desarrollo integral.
(2)
El
bienestar social y el desarrollo de los diversos grupos intermedios,
aplicándose aquí el principio de subsidiariedad. Un lugar destacable en estos
grupos intermedios es la familia, que la teología moral católica siempre ha
considerado la célula básica de la sociedad.
(3)
La
paz social, que se produce sin una atención particular a la justicia
distributiva (su violación genera violencia). El Estado tendría la obligación
de defender y promover este Bien Común.
(Nada de nuevo en esta concepción tradicional de la moral tradicional
católica. Habría que investigar si es verdad eso de que la familia es realmente
la célula de la sociedad y de qué modelo de familia estamos hablando, y de si
el Estado es realmente el que promueve o debería promover el Bien Común o es
más bien lo contrario, parte del problema y no de su solución. Pero en todo
caso, nos parece interesante trabajar con esta noción de Bien Común, aunque sea
un tanto difícil de precisar ahora más en concreto).
Y finalmente, en este capítulo, lo que parece bien interesante es su apelo
a la justicia intergeneracional.
Citando a los Obispos de Portugal que decían: “El ambiente se sitúa en la
lógica de la recepción. Es un préstamo que cada generación recibe y debe
transmitir a la generación siguiente” (LS, 145), el Papa Francisco se plantea:
“¿Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos sucedan, a los niños que están
creciendo?” (LS, ibid.). Esta es una
gran responsabilidad para cada generación y no debe ser el resultado de un egoísmo generacional: disfrutar tod@s lo
más que podamos y dejar un planeta enfermo para las próximas generaciones.
Pero la pregunta sobre el mundo en general que se quiere dejar es una
pregunta de fondo, no solamente con interés ambiental. Hay que plantear esta
pregunta de manera no fragmentaria y por eso, en opinión del Papa, formularla
juntamente con otras preguntas que van de la mano de la anterior: ¿Para qué
pasamos por este mundo? ¿Para qué vinimos a esta vida? ¿Para qué trabajamos y
luchamos? ¿Para qué nos necesita esta tierra? Son realmente preguntas de fondo,
que son mutuamente implicativas y esto nos muestra una vez más la orientación
holística del Papa Francisco.
En todo caso, la solidaridad
intergeneracional se convierte en un principio clave del Bien Común hoy.
5. ¿Cuáles serían las líneas de acción?
Francisco enuncia varios tratados internacionales recientes en la
Política. Se basan en el criterio de que la interdependencia nos obliga a
pensar en un solo mundo, en un proyecto común (cfr.LS, 150). Son las famosas cumbres mundiales (Cumbre de la Tierra,
Río de Janeiro, 1992), así como diversos Documentos al respecto (Declaración de
Estocolmo, 1972; Convenio de Basilea, sobre los desechos peligrosos; Convención
vinculante sobre el comercio internacional de especies amenazadas de fauna y
flora silvestre; Convención de Viena para la protección de la capa de ozono y
su implementación según el Protocolo de Montreal y sus enmiendas; la
Conferencia de las Naciones Unidas sobre el desarrollo sostenible, Río+20, en
Rio de Janeiro, 2012), que a veces
tienen todas ellas la gran debilidad de no establecer después mecanismos
verificables eficientes y una formulación jurídica que permita “castigar a los
infractores ecológicos”. Es interesante observar que todo esto ha sido
resultado de un movimiento ecológico
mundial que se ha venido fortaleciendo en los últimos tiempos, donde la
sociedad civil presiona a la sociedad política o Estados, y la opinión pública
se va tornando cada vez más sensible a estas problemáticas.
Pero el Papa Francisco piensa que se puede hacer un buen trabajo a nivel
ecológico también en la presión sobre las instituciones internacionales. El
cree que hay todo un diálogo hacia nuevas políticas nacionales y locales. Y
observa, con mucho realismo:
“El drama del inmediatismo
político, sostenido también por poblaciones
consumistas, provoca la necesidad de producir crecimiento
a corto plazo. Respondiendo a intereses electorales, los gobiernos no se exponen fácilmente a irritar a la población con medidas que puedan afectar al nivel de
consumo o poner en riesgo inversiones
extranjeras. La miopía de la construcción de
poder detiene la integración de la agenda ambiental con mirada amplia en la agenda pública de los gobiernos “(LS, 160).
Por el contrario, él piensa que:
“La grandeza política
se muestra cuando, en momentos difíciles, se
obra por grandes principios y pensando en el bien común a largo plazo” (LS, 161).
Francisco parece más
moderadamente optimista en lo que se refiere a nivel local, donde se pueden dar
iniciativas diferentes y alternativas:
“Pues allí (en la instancia local) se
puede generar una mayor responsabilidad,
un fuerte sentido comunitario, una especial capacidad
de cuidado y una creatividad más generosa, un entrañable
amor a la propia tierra, así como se piensa en lo que se deja a los hijos y a los nietos. Estos valores tienen una arraigo muy hondo en las poblaciones
aborígenes” (LS, ibid.).
Además de esto es muy
importante el diálogo y la transparencia en los procesos decisionales, buscando
alcanzar consensos entre los distintos actores sociales, que puedan aportar
diferentes perspectivas, soluciones y alternativas. Y aquí el Papa lanza una
serie de preguntas fundamentales en orden a obtener un verdadero desarrollo
integral: ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿De qué manera? ¿Para quién? ¿Cuáles son los
riesgos? ¿A qué costo? ¿Quién paga los costos
y cómo lo hará?
Igualmente
transcendental es el diálogo de la política y la economía para la plenitud
humana. Es decir, poner los valores humanos por encima de los dictámenes del
paradigma eficientista de la tecnocracia, del absolutismo de las finanzas y de
la creencia en la magia del mercado. El ambiente es precisamente uno de los bienes
que los mecanismos del mercado son incapaces de defender o de promover
adecuadamente. Por lo tanto hay que redefinir
el progreso. Precisamente el criterio de Francisco es que un desarrollo
tecnológico y económico que no deja un mundo mejor y una calidad de vida
integralmente superior no puede realmente considerarse progreso (cfr. LS, 174).
Hay aquí, sin citar directamente a Max Weber, una crítica a la absolutización
de racionalidad instrumental de este
sistema (capitalista), la de los medios, frente a lo que aquel sociólogo
denominaba la racionalidad sustantiva
o de los valores (cfr. LS, 175).
Y para terminar este
capítulo el Papa Francisco también se plantea un diálogo fecundo, realista y
práctico entre las religiones y las ciencias. Si la mayor parte de la gente en
el planeta Tierra se declara creyente, esto debería provocar un diálogo entre
ellas de cara a los temas fundamentales del cuidado de la naturaleza, la
defensa de los pobres y la construcción de redes de respeto y de fraternidad.
6. Finalmente, la propuesta de Francisco es por una educación y espiritualidad ecológicas. Esta es una apuesta de
fondo, que tiene por objetivo ir más allá de los inmediatismos de la acción
social y política. Pretende entrar en las conciencias humanas, pues es allí
desde donde hay que partir para cambiar las actitudes y hábitos en lo referente
a la vivencia ecológica, tanto a nivel individual como grupal. Y es algo
importante además para la Vida Religiosa.
El Papa Francisco apuesta por otro estilo de vida, un estilo de vida
alternativo al mercado consumista, en el cual somos adoctrinados y
“formateados” todos y todas. Además, la situación actual de la sociedad mundial
provoca una situación de inestabilidad e inseguridad, que favorece a su vez
formas de egoísmo colectivo. Por eso:
“Mientras más vacío está el
corazón de la persona, más necesita
objetos para comprar, poseer y consumir” (LS, 182).
Los desastres no son solo climáticos y naturales, sino también sociales.
Sin embargo, no todo está perdido. Los seres humanos tienen siempre la
capacidad de reflexionar, recapacitar y de iniciar caminos nuevos hacia la
verdadera libertad:
“No hay sistemas que anulen
por completo la apertura al bien, a
la verdad, a la belleza, ni la capacidad de reacción que Dios sigue alentando desde lo profundo de los
corazones” (LS, 183).
De esta manera, un cambio en los estilos de vida (o, diríamos mejor, en
las formas de vida) podría implicar
una presión sana sobre los que tienen poder político, económico y social. De
ahí la importancia, para el Papa Francisco, de los movimientos de consumidores.
Porque comprar no es simplemente un acto
económico, sino un acto moral
también (cfr. 184). El nuestro tendría que ser un tiempo recordado por: (1) el
despertar de una nueva reverencia ante la vida; (2) por la firme resolución de
alcanzar la sostenibilidad; (3) por el aceleramiento en la lucha por la
justicia y la paz; y (4) por la alegre celebración de la vida.
Lo importante es, pues, superar el individualismo, desarrollando un
estilo/forma de vida alternativo/a, que vuelva posible un cambio significativo
en la sociedad. Frente a los “mitos” de la modernidad (individualismo, progreso
indefinido, competencia, consumismo, mercado sin reglas) hay que recuperar los
distintos niveles del equilibrio ecológico: el interno, con uno mismo; el solidario,
con las y los demás; el natural, con
todos los seres vivos; el espiritual,
con Dios. Todo ello, por supuesto,
interrelacionado. Todo esto toca entrañablemente al tema de la espiritualidad.
Esta espiritualidad, para Francisco, no se queda en los pronunciamientos
abstractos, sino que baja a lo concreto, alentando educativamente la responsabilidad ambiental en lo cotidiano:
evitar el uso de material plástico y de papel, reducir el consumo de agua,
separar los residuos, cocinar solo lo que razonablemente se podrá comer, tratar
con cuidado a los demás seres vivos, utilizar transporte público (o compartir
el mismo vehículo entre varias personas), plantar árboles, apagar las luces
innecesarias. Todo esto dentro de una gran creatividad. Y afirma el Papa:
“No hay que pensar que esos
esfuerzos no van a cambiar el mundo.
Esas acciones derraman un bien en la sociedad que siempre produce frutos más allá de lo que se puede constatar, porque provocan en el seno de esta tierra un
bien que siempre tiende a difundirse,
a veces invisiblemente. Además, el desarrollo
de estos comportamientos nos devuelve el sentimiento
de la propia dignidad, nos lleva a una mayor profundidad
vital, nos permite experimentar que vale la pena pasar por este mundo” (LS, 188-189).
(Curiosamente, estas palabras del Papa se adecuan perfectamente a la
teoría de los “campos mórficos”, desarrollado por Rupert Sheldrake en el ámbito
estrictamente científico de la Biología.
Es un texto, el del Papa, profundamente holístico).
Y Francisco apunta a todo esto en los diversos ámbitos educativos: la
escuela, la familia, los medios de comunicación, la catequesis y un largo etc.
Igualmente debería ser prioritario en el ámbito de la política, de las diversas
asociaciones sociales y de las mismas iglesias. El Papa Francisco espera
también que:
“…en nuestros seminarios y
casas religiosas de formación se eduque
para una austeridad responsable, para la contemplación agradecida del mundo, para el cuidado de la fragilidad de los pobres y del ambiente” (LS, 190).
¡Sin olvidar tampoco la relación entre una
adecuada educación estética y la preservación de un ambiente sano!
Todo ello apunta, en la mente del Papa Francisco, a una verdadera conversión ecológica. Porque la
verdadera espiritualidad cristiana no está desconectada del propio cuerpo, de
la naturaleza o de las realidades de este mundo, sino que vive con ellas, de
ellas y en ellas, y en comunión (común+unión) con todo lo que nos rodea.
Por eso, la crisis ecológica es una llamada a una conversión ecológica.
Nuestro modelo debería ser el de Francisco de Asís. Esta conversión implica
diversas actitudes: gratitud y gratuidad, la amorosa conciencia de no estar
desconectados de las demás criaturas, de formar con los demás seres del
universo una “preciosa comunión universal” (cfr. LS, 195), el desarrollo de la
creatividad y el entusiasmo para resolver los dramas del mundo, así como una
gran capacidad de responsabilidad (diríamos “responsabilidad ecológica”).
Y es que, teológicamente, cada criatura refleja algo de Dios y tiene un
mensaje que enseñarnos. Cristológicamente, con su encarnación, Jesucristo ha
asumido en sí este mundo, y resucitado, habita en lo íntimo de cada ser,
rodeándolo todo con su cariño y penetrándolo con su luz. Y si Dios es creador,
esto significa que ha infundido en toda su creación un orden y un dinamismo que
el ser humano no debe ignorar.
Por eso, la espiritualidad cristiana propone un modo alternativo de
entender la calidad de vida. Alienta
también un estilo de vida profético y contemplativo, capaz de gozar
profundamente, sin obsesionarse por eso por el consumo:
“La espiritualidad cristiana propone un
crecimiento con sobriedad y una
capacidad de gozar con poco. Es un retorno a la simplicidad que nos permite
detenernos a valorar lo pequeño, agradecer las posibilidades que ofrece al vida
sin apegarnos a lo que tenemos ni entristecernos por lo que no poseemos. Esto
supone evitar la dinámica del dominio y de la mera acumulación de placeres” (LS,
197).
No hay que confundir, pues, la felicidad con la suma de placeres. La
felicidad es cualitativamente diferente y superior a la suma cuantitativa de
placeres. Surge aquí la virtud de la sobriedad, que ayuda a valorar cada
persona y cada cosa, aprender a tomar contacto y a saber gozar con lo más
simple. Pero hay también otros placeres que habría que desarrollar: la
satisfacción en los encuentros fraternos, en el servicio, en el despliegue de
los carismas, en la música y el arte, en el contacto con la Naturaleza, en la
oración. Podemos llamar, a estos placeres que el Papa enumera, “placeres
espirituales”.
Relacionado con ello está la paz
interior. La paz es mucho más que la simple ausencia de guerra.
Precisamente la paz interior tiene mucho que ver, piensa el Papa, con el
cuidado de la ecología y con el bien
común. Así, una ecología integral implica dedicar tiempo “para recuperar la
serena armonía con la creación, para reflexionar acerca de nuestro estilo de
vida y nuestros ideales, para contemplar al Creador, que vive entre nosotros y
en lo que nos rodea” (LS, 199). Esta presencia divina no debe ser fabricada,
sino descubierta (cfr. ibid.).
Una parte importante de esta espiritualidad integral (nosotros la
llamaríamos holística) es el amor civil y político. El amor a la sociedad y el
compromiso por el bien común son una forma excelente de amor, que no solo se
efectúa entre individuos, sino que afecta a “las macro-relaciones, como las relaciones
sociales, económicas y políticas” (citando a Benedicto XVI, en su Carta
Encíclica Caritas in veritate, de 29
de Junio del 2009).
De una manera poética, mística, en un pan-en-teísmo de gran significado, el Papa Francisco va a decir que
el Universo se desarrolla en Dios, que lo llena todo. Así, puede haber “mística
en una hoja, en un camino, en un rocío, en el rostro del pobre”. Entonces, lo
ideal no es solo pasar de lo exterior a lo interior para descubrir la acción de
Dios en el alma, sino también llegar a encontrarlo en todas las cosas.
Finalmente, el Papa Francisco encuentra una fundamentación trinitaria (al igual que una mariana) para la
eco-espiritualidad. Apoyándose en el santo, teólogo y místico franciscano San
Buenaventura, descubre que toda criatura lleva en sí misma una estructura
propiamente trinitaria. Y ello porque las Personas divinas son relaciones
subsistentes, y el mundo, que ha sido creado según el modelo divino, es también
una trama de relaciones.
Las criaturas tienden hacia Dios. Pero es también propio de todo ser
viviente tender hacia otra cosa. Por consiguiente, en el seno del Universo se
puede encontrar un sinnúmero de relaciones constantes que se entrelazan secretamente.
Esto invita no solo a admirar las múltiples conexiones que existen entre las
criaturas, sino que nos permite descubrir una clave de nuestra propia
realización:
“Porque la persona humana más crece, más madura
y más se santifica a medida que entra en relación, cuando sale de sí misma para
vivir en comunión con Dios, con los demás y con todas las criaturas. Así asume
en su propia existencia ese dinamismo trinitario que Dios ha impreso en ella
desde su creación. Todo está conectado, y eso nos invita a madurar una
espiritualidad de la solidaridad global que brota del misterio de la Trinidad”
(LS, 211).
II.
LOS DESAFÍOS PROFÉTICOS DE LA ECOLOGÍA PARA LA
VIDA RELIGIOSA
Llegamos aquí a lo central de nuestra reflexión, después del análisis
anterior (comentado) de la Encíclica. Debemos ahora intentar plasmar, a nivel
más creativo y propositivo, cuáles son los desafíos que encontramos más
significativos para los religios@s y su proyecto de vida a nivel ecológico. He
aquí algunos aportes.
1. Como religios@s tenemos que estar muy atent@s a la coherencia entre
nuestro discurso (evangélico) y nuestra vida (evangélica también). Nada hay más
anti-testimonio y anti-evangélico que predicar unas cosas y vivir otras, muchas
veces incluso opuestas. Si algo tiene sentido en la vida religiosa desde hace
siglos es su carácter profético. Cuando el institucionalismo y su lógica
(normalmente, de poder, influencia, prestigio y medios materiales) predominan
en nuestras Congregaciones y nuestras vidas personales, entonces “la sal pierde
su sabor” y hemos perdido nuestro rumbo, nuestro Norte (u Oriente, según se
vea). Y cuando la sal pierde su sabor y su efectividad es mejor arrojarla
fuera. El problema de la VR no es la bajada significativa del número de sus
miembros, sino la pérdida de la calidad de vida que debería poseer. “Dejemos
que los hermanos prediquen con sus obras”, o con su vida, decía San Francisco
de Asís a sus hermanos y esto es válido para todos y todas nosotras que decimos
que nos situamos en la óptica de Jesús. Esto es el principio general que afecta
a toda nuestra evangelización, principalmente en los ámbitos de Justicia, Paz y
Ecología, pero también al nivel del ámbito de nuestras propias comunidades y a
su vivencia de fraternidad/sororidad.
2. El Papa Francisco nos llama la atención en su Encíclica sobre una
situación social muy opresora y discriminadora. Especialmente con las y los más
pobres, marginales y excluidos de la Sociedad. No es suficiente la “caridad
social” y las obras de misericordia. Esto es trabajar más sobre los efectos que sobre las causas. Sin negar la necesidad extrema
de un inmediatismo de la ayuda urgente, hay que avanzar más hacia un trabajo
que incida sobre las causas de esa pobreza, marginación, exclusión. Recordemos
aquellas palabras de un profeta de América Latina, como lo fue Monseñor Hélder
Câmara, de Brasil, cuando decía: “Si digo que hay que alimentar a los pobres,
me llaman santo. Si digo que hay que eliminar las causas de la pobreza, me
llaman comunista”. Religiosos y religiosas deberíamos ser los abanderados/as de
la causa de la Justicia, la Paz y la Ecología (JPE), pues es la misma causa del
Evangelio y de su Maestro, Jesús de Nazaret. Promover la igualdad, la paz
profunda (que arranca de lo interior) y el respeto total por la Naturaleza
deberían ser nuestras prácticas cotidianas y nuestro testimonio en medio de la
sociedad capitalista del derroche, la desigualdad y el privilegio.
3. El Papa también nos llama la atención sobre la mentalidad
productivista, propia del paradigma tecnocrático, donde lo que cuenta es la
idolatría del dinero, del éxito, del poder, y no los valores humanos de la
dignidad de todos los seres humanos, de todos los seres vivos, la flora y la
fauna. Podemos preguntarnos: ¿Dónde entra esto en nuestros colegios, en nuestra
misión de educadores, en nuestras Parroquias, en nuestras predicaciones, en
nuestra obra caritativa, en nuestros escritos y praxis cotidiana, incluyendo
aquí la vivencia comunitaria? Todo esto no es algo accesorio, sino lo nuclear
del mensaje que decimos defender en el Evangelio, a través del especial carisma
de nuestros fundadores/as. Por lo tanto, la JPE es una “piedra de toque” sobre
la verdad de nuestras vidas apostólicas y comunitarias.
4. “El manzano no puede dar peras”. ¿Cómo vamos a impulsar los valores
de la defensa de la Naturaleza si no tenemos esto todavía bien claro en nuestra
mentalidad de religios@s? A veces, lo más difícil es predicar estas cosas a
nuestros propios hermanos o hermanas. Pero por ahí se empieza: viviéndolo uno/a mismo/a y contagiándolo a las y los demás. La
denuncia es importante, pero debe apoyar en el anuncio de una práctica
cotidiana de vivencia ecológica, comunitaria, fraterna y defensa de la justicia
frente a l@s injusticiad@s de la Historia. Hay que programar estas cosas y
evaluarlas periódicamente. El Papa nos dejó varios ejemplos que, a buen
entendedor, deberíamos implementar e ir más allá incluso.
5. Además de los diversos aspectos prácticos que se dicen aquí y acullá
en la Encíclica papal, sería bueno, por ejemplo, en lo referente a la cuestión
ecológica que en nuestros Proyectos
Comunitarios entrasen cuestiones como las siguientes (con criterios de
evaluación y seguimiento):
* ¿Tenemos modos alternativos de gestionar la generación de energía de
nuestra Comunidad, que conduzcan a un mayor ahorro energético (en lo referente
al ahorro de electricidad, agua, uso de plásticos, papel, etc.)?
* ¿Tenemos la disciplina de hacer separación de basura?
* ¿Procuramos usar transportes públicos siempre que posible o compartir
los vehículos que tengamos, llevando varias personas, sobre todo ayudando a gente pobre y
necesitada siempre que haga falta (ida a médicos, viajes o parte de ellos,
etc.)? ¿Qué tal el uso de bicicletas y otros medios no contaminantes?
* ¿Hay posibilidad de una huerta de la Comunidad? Y, sobre todo, ¿de
fomentarla entre los más pobres? En nuestros trabajos pastorales, ¿fomentamos
cocinas comunitarias, cocinas solares populares, métodos hidropónicos de
cultivo, entre otros posibles?
* También en nuestros trabajos pastorales, ¿fomentamos la medicina
alternativa, especialmente la popular, y el uso de fitoterapia curativa? ¿Qué
tal fomentar hábitos de higiene y de alimentación más sana? ¿Qué tal la
extensión de alimentación vegetariana o semi-vegetariana? ¿Promovemos también
la alimentación saludable en nuestras comunidades, a base de mayor introducción
de verduras, frutas, líquidos naturales, como zumos de fruta y agua purificada
en abundancia, proteína vegetal? (Esto no debe ser un privilegio de algunos
lugares, puesto que, si se investiga, hay también alternativas populares y
baratas).
* ¿Promovemos en nuestras propias comunidades la práctica del ejercicio
físico en general, y otras prácticas alternativas como hatha-yoga, tai chi, pilates, o equivalentes, que ayuden al
equilibrio psico-físico-espiritual? ¿Igualmente lo hacemos en nuestro trabajo
pastoral?
* ¿Promovemos el hábito de la meditación o mindfulness, que nos ayuden en la observación de nuestros
pensamientos, emociones, así como posibilitan que vivamos más en el
aquí-y-ahora, en el Presente, y, por supuesto, vivimos la Presencia Divina en
el aquí y ahora?
* ¿Procuramos el contacto con la Naturaleza, sin ser adictos a móviles,
Internet, y afines, y sin ser tampoco víctimas, en general de la CEM (contaminación electromagnética)?
* ¿Promueven nuestras Congregaciones la formación de algunos hermanos y
hermanas en ciencias sociales, con la finalidad de que ofrezcan técnicamente modelos de economía
alternativa al sistema capitalista dominante (modelos de una economía de tipo
socialista autogestionario, por ejemplo), así como formulen modelos políticos
de democracia directa y participativa, que ayuden a superar el modelo de
democracia representativa y formal imperante?
* ¿Promovemos espacios y tiempos de vivencia comunitaria del Arte en su
forma plural de manifestar? No solo en nuestras comunidades, sino entre los
mismos pobres y excluidos. Un Arte de libre manifestación, donde se exprese lo
mejor de nosotros/as mismos/as, generando creatividad, buen humor, positividad y
hábitos identitarios alternativos.
* ¿Fomentamos hábitos de vida simple, natural, con una mística de la
gratitud y gratuidad, alegrándonos con cada cosa sencilla de la Naturaleza?
* Y, sobre todo, ¿observamos profundamente nuestros apegos y aversiones
de todo tipo que nos hacen sufrir, y tampoco ayudan a una vivencia sana
comunitaria?
* Finalmente,
¿promovemos una vida en nuestras comunidades que esté preocupada por los
derechos humanos de las y los más pobres, especialmente en contra de la
inequidad de género, el maltrato infantil, los derechos de los trabajadores/as
y de las y los jóvenes en particular, fomentando prácticas autogestionarias de
los pobres se auto-organicen y crezcan en conciencia social?
Son solo algunas
sugerencias.
En algunos casos son
bastante difíciles de realizar debido a la precariedad de medios, pero esto no
puede ser visto con mente negativista y pesimista, sino como un incentivo a
trabajar por ello, aunque con resultados momentáneamente muy insignificantes.
Una vez más, lo que interesa aquí no son los grandes espectáculos en los
resultados, sino ese “gota-a-gota” que va humildemente construyendo algo
cualitativamente diferente. Con resultados precarios, provisionales y muy
modestos. Pero cualitativamente diferentes de los dominantes.
Como el Papa
Francisco dice en algún momento, son actitudes importantes aunque no se vean
resultados. Estos resultarán en otros lugares, por transmisión en el espacio-tiempo (aplicando
los ya aludidos principios de lo que antes llamamos los ”campos mórficos” de
Rupert Shelkdrake), aunque no haya contacto físico.
Si somos
verdaderamente mujeres y hombres de Fe evangélica, debemos creer que esto es
posible. Son cuestiones de Espiritualidad, de “esperanza contra toda
esperanza”. Así se construye una revolución desde abajo, pacífica, pero
persistente. ¡La revolución de la noviolencia evangélica!
¿Seremos entonces
agentes de ella o meros consumistas pequeño-burgueses “religios@s”?
fr. rui
manuel grácio das neves op
lisboa
(portugal)
13.05.16.