sábado, 3 de novembro de 2018

Encíclica Ecológica del Papa Francisco


“Puesto que todo está íntimamente relacionado,

y que los problemas actuales requieren una mirada

que tenga en cuenta todos los factores de la crisis mundial,

propongo que nos detengamos ahora a pensar

en los distintos aspectos de una ecología integral,

que incorpore claramente

las dimensiones humanas y sociales”.

PAPA FRANCISCO[1]













EN TORNO A LA ENCÍCLICA DEL PAPA FRANCISCO

“LAUDATO SI’. SOBRE EL CUIDADO DE LA CASA COMÚN”.

LOS RETOS DE LA ECO-ESPIRITUALIDAD

PARA LA VIDA RELIGIOSA



I.           LOS ANÁLISIS Y PROPUESTAS DEL PAPA FRANCISCO



Es esta la primera Encíclica, el primer documento del Magisterio Ordinario de la Iglesia Católica sobre el tema específico de la Ecología. Ha llegado tarde, pero ha llegado en óptimas condiciones. Es algo fruto de un Papa jesuita, pero de corazón franciscano, que toma las palabras de San Francisco de Asís de su famoso Cántico de las Criaturas o Cántico del Hermano Sol, como es popularmente conocido, como título de la Encíclica. En ese espíritu franciscano, el Papa nos ofrece una reflexión teológica de síntesis sobre las cuestiones que tratan de la Naturaleza. Nosotros nos vamos a fijar principalmente en sus aspectos espirituales y ver cómo podemos encontrar al final alguna aplicación práctica para la Vida Religiosa. Porque si hay una temática verdaderamente práctica es esta: la que trata de la Casa Común de todos los seres. Con todo, no la debemos separar de su otro escrito en cuanto Papa, la exhortación apostólica Evangelii Gaudium. La alegría del Evangelio[2].

1. En efecto, en este último texto citado del Papa Francisco, la EG,  sienta las bases de su teología (en nuestra opinión, de influencia latinoamericana y liberadora), así como realiza una valiente denuncia de la situación actual mundial. La pretensión es que el Evangelio sea una oferta alegre, profunda y transformadora de esa situación, que dé esperanza al ser humano de hoy. En otras palabras, que sea parte de la solución y no parte del problema. El cristianismo vivido evangélicamente tiene mucho que aportar al mundo de hoy y a sus problemas. Esta visión encaja muy positivamente en la espiritualidad y evangelización de la Vida Religiosa hoy, sobre todo si quiere ser vivida significativamente,  es decir, como una señal para los seres humanos y las sociedades de hoy, especialmente para aquell@s más marginad@s por el denominado “Progreso”.

Es interesante entonces que el propio Papa haga un somero análisis de la realidad en esta Exhortación Apostólica (una Mediación Socio-Analítica, en terminología de la teología latinoamericana). Destaca más los aspectos negativos (tal vez tuviera que haberlo equilibrado más con otros aspectos positivos), bajo el epígrafe “Algunos desafíos del mundo actual”. En efecto, señala aquí que la humanidad vive un giro histórico:

“Estamos en la era del conocimiento y la información, fuente de nuevas formas de un poder muchas veces anónimo” (EG, 55).

Es decir, lo que se pudiera haber generado como aspecto positivo, puede degenerar en poderes anónimos que nos controlan y nos manipulan. El conocimiento no es neutral. En este sentido, señala muy oportunamente su negativa a una economía de la exclusión y de la inequidad:

“Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del “descarte” que, además, se promueve” (EG, 56).

La conclusión que se obtiene de aquí es clara: l@s ”excluid@s” no son simplemente “explotad@s”, sino que son “desechos, sobrantes, descartables”. Y lo que es peor: el Sistema (capitalista) ya ni siquiera puede explotar a todos y todas, sino que hay gente que ni siquiera accede a la condición de “explotable”. Más bien es “descartable”.

Otro “no” del Papa es a la nueva idolatría del dinero, que está conectado con el anterior punto. En efecto, una de las causas de la situación actual es nuestra aceptación pacífica de su predominio (el del dinero) sobre nosotros mismos y nuestra sociedad. Escribe el Papa:

“Hemos creado nuevos ídolos. La adoración del antiguo becerro de oro (cf. Ex 32, 1-35) ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano. La crisis mundial, que afecta a las finanzas y a la economía, pone de manifiesto sus desequilibrios y, sobre todo, la grave carencia de su orientación antropológica que reduce al ser humano a una sola de sus necesidades: el consumo” (EG, 58).

Lo que está en el fondo de la problemática es una profunda crisis antropológica, que es la negación de la primacía del ser humano. El ser humano es relativizado y el capital es absolutizado. Digamos aquí que hay una inversión: el sujeto (humano) pasa a ser objeto (objetualizado), y el objeto (capital) para a ser sujeto (subjetivado). Esta es la esencia del fetichismo económico que le mismo Carlos Marx tan bien mostró en su obra cumbre de El Capital.

Por su parte, Francisco escribe:

“Este desequilibrio proviene de ideología que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera” (EG, ibid.).

En un estudio nuestro de hace tiempo, llamamos al mercado el “reino de dios”, es decir, el lugar privilegiado donde el capital ejerce su potencialidad y donde se realiza[3]. Hoy habría que decir que es el mismo mercado financiero el que se autonomiza a nivel económico (o lo pretende) a tal grado que va pretendiendo ser autosuficiente. A costa del ser humano, que es el que en definitiva crea toda la riqueza. Pero he aquí esta suprema paradoja del sistema capitalista que nos (des)gobierna: quien trabaja empobrece, quien no trabaja enriquece. Y todo esto por la específica organización de la economía que tenemos, donde el lucro (privado) es puesto como absoluto. Digamos que el lucro se convierte hoy en el “espíritu santo” del mismo sistema.

Por eso no debemos pasar por alto que ya en esta su comunicación (Exhortación Apostólica) dice algo, escrito solo un poco más adelante,  que desarrollará más ampliamente en la Encíclica sobre la Ecología, que vamos a analizar después:

“En este sistema, que tiende a fagocitarlo todo en orden a acrecentar beneficios, cualquier cosa que sea frágil, como el medio ambiente, queda indefensa ante los intereses del mercado divinizado convertidos en regla absoluta” (EG, 59)[4].

En otras palabras, la misma Naturaleza es una víctima inocente de este perverso sistema divinizado, que avasalla y destruye cuanto “fagocita”, absolutizados los beneficios de una minoría planetaria, de manera cada vez más impersonalizada y anónima.

Por eso, concluye el Papa con otras dos negaciones: no a un dinero que gobierna en lugar de servir y no a la inequidad que genera violencia. Habrá otras “negaciones”, pero estas que señalamos serían más de tipo “objetivo”, es decir, que manifiestan mejor la estructuración y dinámica del mismo Sistema.

Sin duda, esta Exhortación Apostólica tendría otras perlas más, del punto de vista teológico, sociológico y pastoral, pero no es nuestro cometido analizarla aquí, sino que ha servido más bien para centrar el análisis de Francisco de su Encíclica ecológica. Porque para hacer una reflexión ecológica era necesario antes llevar adelante esta Mediación Socio-Analítica o Análisis de la Realidad.

2. Es interesante tener en cuenta el subtítulo de la Encíclica ‘Laudato Si’, que es “sobre el cuidado de la casa común”. Hay, por lo tanto, dos palabras clave aquí: ‘cuidado’ y ‘casa común’. El Papa fundamenta aquí una teología del cuidado y, sobre todo, una pastoral del cuidado y la ternura, en la línea del gran Francisco de Asís. Y ‘casa común’ porque el planeta es nuestra casa común. Nosotros/as somos parte de esa casa común, somos esa misma casa común.

Inspirado, pues, en el canto de San Francisco de Asís a todas las creaturas, y todavía más, en su misma figura, que nos intentó mostrar, entre otras cosas,  partiendo de una honda vivencia cristológica, la Naturaleza como una revelación de Dios, el Papa Francisco realiza un rápido, pero no por eso menos importante, análisis de la realidad ecológica contemporánea (bajo el título “lo que le está pasando a nuestra casa”).

La conclusión de ello es la enunciación de varias “des-gracias” de nuestro actual planeta: contaminación y cambio climático, la cuestión de la escasez del agua, la pérdida de la biodiversidad, el deterioro de la calidad de la vida y la degradación social, la inequidad planetaria y la debilidad de las reacciones. Estos son problemas estructurales, no meros accidentes del planeta como tal. El Papa identifica la causa en el llamado modelo tecnocrático, expresión de la tecnociencia como ideología. Esto afecta tanto al planeta como algo físico y biológico, como a la especie humana en particular. O, en otras palabras, es una cuestión única que afecta tanto a lo biológico como a lo social.

De ahí que el Papa sea redundante en señalar que quiere buscar una ecología integral, es decir, una ecología que integre al ser humano igualmente. La destrucción de la Naturaleza va de la mano juntamente con la destrucción de las y los pobres. La subordinación tiránica de la Naturaleza en beneficio de unos intereses económicos de lucro privado, reproduce el mismo esquema mental que la exclusión de millones de seres humanos de unas condiciones dignas de vida. No son, por consiguiente dos problemas, sino uno solo: exclusión.

No lo dice con estas palabras, pero se trata de una crítica radical del sistema capitalista y de su paradigma mental, que es insensible a la cuestión de la finitud de los recursos naturales (principalmente, ahora, de los de origen fósil), y la confianza fáustica de que la ciencia y la tecnología resolverán todos los problemas que se les pongan por delante. A esto, el Papa lo denomina el “paradigma tecnoeconómico”, donde la tecnociencia va unida a las finanzas.

Digamos que el beneficio no es para la Humanidad como un todo, sino para una minoría privilegiada.  Y esto porque el lucro individual (no colectivo) está a la base de este sistema de explotación económica:

“… los poderes económicos continúan justificando el actual sistema mundial, donde priman una especulación y una búsqueda de la renta financiera que tienden a ignorar todo contexto y los efectos sobre la dignidad y el medio ambiente. Así se manifiesta que la degradación ambiental y la degradación humana y ética están íntimamente unidas” (LS, 55).

El Papa Francisco ve todo interrelacionado: la degradación ambiental, la degradación humana y la ética. Y lo mira todo ello desde una perspectiva teológica: el abandono del Dios de la Vida en provecho de un ídolo de la muerte, concentrado en el Capital y el lucro, y que se realiza en el anti-reino del Mercado. No tendría que ser necesariamente así, pero de hecho lo es. Buscar solo remedios provisionales e inmediatos, por necesario y urgente que pueda ser en determinados momentos, es simplemente actuar sobre los efectos y no sobre las causas de la injusticia estructural y no resolver en definitiva el problema de raíz.

3. Por consiguiente, el Papa no quiere quedarse meramente en mostrar los síntomas de la degradación ecológica, sino que quiere profundizar en ello y encuentra la raíz humana de la degradación ecológica. Ahí ahonda en lo que denomina el paradigma tecnocrático dominante y en el lugar y acción (praxis) del ser humano en el mundo. Es todo el desarrollo del capítulo tercero.

Más recientemente, se refiere a la revolución digital, la robótica, las biotecnologías y la nanotecnología (cfr. LS, 96). Pero Francisco no es  solo negativo frente a estos desarrollos técnicos, especialmente en el área de la medicina, la ingeniería y las comunicaciones. De este modo, bien orientada, la tecnociencia podría producir cosas realmente valiosas para mejorar la calidad de vida del ser humano. No se trata por lo tanto de un discurso catastrofista sobre el avance científico y tecnológico. Pero es aquí donde se sitúa una tremenda ambigüedad: por una parte podría servir para mejorar la vida humana sobre el planeta Tierra, pero por otra también da, a quien tiene el conocimiento y sobre todo el poder económico, un poder impresionante sobre el conjunto de la humanidad y del mundo entero. Y esto es ya una cuestión a la que el ser humano, que no es plenamente autónomo, está expuesto frente a su propio poder, y le falta una ética sólida, una cultura y una espiritualidad que le sitúen frente a sus límites.

Ya Francis Bacon, un abanderado de la revolución científica en el siglo XVII, decía que el “saber es poder” y en una imagen ingenua de la naturaleza pensaba que esta era neutral y que se podía lícitamente “torturarla para sacer sus más recónditos secretos”. Esto es lo que podemos llamar el imperialismo noético, sin contenido ético, que llevará a tantos desastres ecológicos. En el fondo, hay, en nuestra opinión, una imagen dualista de la realidad, donde se oponen sujeto (humano, todopoderoso y dotado de legitimidad imperialista sobre la naturaleza) y objeto (una naturaleza supuestamente neutral, ilimitada en recursos y siempre pasible de ser explotada por una de sus especies, la humana). Francis Bacon no había captado la interrelación dialéctica que se da entre ser humano y Naturaleza, o mejor, el no-dualismo u holismo que se da entre un ser humano y su contexto ecológico. No hay ser humano y Naturaleza, sino ser humano en la Naturaleza, o mejor, un ser humano que es también la Naturaleza.

En otras palabras, este paradigma dualista no es un paradigma inocente: es el resultado de concebir un poder económico y tecnocientífico omnímodo, que era el proyecto de la burguesía. En un sistema como el capitalista que provoca el conflicto de clases, ello implica que una minoría  de privilegiados dominen a una mayoría de desposeídos de sus recursos y de sus derechos, y la explotación permanente de los recursos ecológicos (sobre todo, los energéticos) que no son infinitos.

Francisco atribuye dos características centrales a este paradigma tecnocientífico: es homogéneo y unidimensional. Su sujeto es un sujeto dominador, y lo ejerce con una técnica de posesión, dominio y transformación. Por eso:

“… el ser humano y las cosas han dejado de tenderse amigablemente la mano para pasar a estar enfrentados. De aquí se pasa fácilmente a la idea de un crecimiento infinito o ilimitado, que ha entusiasmado tanto a economistas, financieros y tecnólogos. Supone la mentira de la disponibilidad infinita de los bienes del planeta, que lleva a “estrujarlo” hasta el límite y más allá del límite” (LS, 100).

Es el falso presupuesto de que, citando al Consejo Pontificio Justicia y Paz[5], “existe una cantidad ilimitada de energía y de recursos utilizables, que su regeneración inmediata es posible y que los efectos negativos de las manipulaciones de la naturaleza pueden ser fácilmente absorbidos” (LS, ibid.).

Y es que el paradigma tecnocrático y su metodología son reduccionistas, y afectan así a la vida humana y a la sociedad en todas sus dimensiones. Hoy día ese paradigma tecnocrático se ha vuelto tan dominante que es muy difícil prescindir de sus recursos. Y más difícil todavía es utilizarlo sin ser dominados por su lógica intrínseca. Es decir, los medios no son neutrales. No es posible separar el paradigma tecnocrático de un modo de pensar, como si fuera solamente una metodología. Esa metodología está dentro de un determinado universo mental (paradigma) que lo impregna todo.

Por supuesto, esto no quitaría, en nuestra opinión, defender una ciencia humanista, pero tendría que darse dentro de un paradigma humanista. Pero además, y seguimos pensando, no basta ya el mero paradigma humanista, por los peligros ya señalados de un antropocentrismo imperialista, consciente o inconsciente. Tiene que ser realmente un paradigma ecológico (o, en nuestra personal reflexión y opción intelectual, un paradigma holístico, que integraría seres humanos y las restantes especies de flora y fauna, así como el entorno simplemente material del planeta, en un todo armónico. Necesitamos urgentemente desarrollar este paradigma epistemológico. Porque de la manera de pensar se originan unas acciones determinadas).

4. La propuesta entonces del Papa es la de una ecología integral. Es coherente con todo lo que ha venido reflexionando a lo largo de su Encíclica y de la que hemos destacado lo que nos ha parecido los puntos más importantes de su discurso. El Papa es consciente que todo está íntimamente relacionado. Así, todos los problemas actuales estarían para él interconectados y necesitaríamos para eso una mirada que tenga en cuenta todos los factores de la crisis mundial. De ahí la necesidad de una ecología integral.

Si la ecología estudia las relaciones entre los organismos vivientes y el ambientan donde se desarrollan, lo importante es tener en cuenta  que al hablar de medio ambiente estamos hablando de una relación (mejor diríamos, una inter-relación), que es la que existe entre la Naturaleza y la sociedad que la habita. Nada más erróneo entonces entender la Naturaleza como algo separado de nosotros/as o solamente como un mero marco de la vida humana: “Estamos incluidos en ella, somos parte de ella y estamos interpenetrados” (128). Esta idea es repetida abundantemente a lo largo de la Encíclica papal. Por lo tanto, ya no es posible encontrar una respuesta específica e independiente (es decir, separada) para cada parte del problema. Va aquí de la mano una crítica radical del reduccionismo.

Tenemos entonces que buscar soluciones integrales que consideren las interacciones de los sistemas naturales entre sí y con los sistemas sociales. Escribe Francisco:

        “No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino         una sola y compleja crisis socio-ambiental. Las líneas para la solución requieren una aproximación integral para combatir la      pobreza, para devolver la dignidad a los excluidos y         simultáneamente para cuidar la naturaleza” (LS, 128-129).

(Al fin y al cabo, eco-logía y econ-nomía hacen ambas referencia al oikos o casa).

Por eso, si todo está relacionado, la salud de las instituciones sociales tiene consecuencias en el ambiente y en la calidad de vida humana. Igualmente, junto al patrimonio natural hay una ecología cultural (que tiene que ver con el patrimonio histórico, artístico y cultural) que puede estar amenazada. Aparece como una parte de la identidad común de un lugar y una base para construir una ciudad habitable y humana.

Y lo que es muy interesante en esta visión de Francisco: es necesaria una ecología de la vida cotidiana. Una ecología de lo cotidiano. ¿Qué quiere decir esto? Esto implica tratar del tema de la calidad de vida en el día a día y esto implica tratar también la temática del espacio donde se desarrolla la vida de los hombres y mujeres. El ambiente sirve para expresar nuestra identidad. Escribe Francisco:

“A veces es encomiable la ecología humana que pueden desarrollar los pobres en medio de tantas limitaciones. La sensación de asfixia producida por la aglomeración en residencias y espacios con alta densidad poblacional se contrarresta si se desarrollan relaciones humanas cercanas y cálidas, si se crean comunidades, si los límites del ambiente se compensan en el interior de cada persona, que se siente contenida por una red de comunión y de pertenencia. De ese modo, cualquier lugar deja de ser un infierno y se convierte en el contexto de una vida digna” (LS, 136-137).

Por lo tanto, son aquí muy significativas las categorías de ‘pertenencia’ y de ‘arraigo’ en contraposición al anonimato social, al desarraigo, a la falta de identidad social y humana, que provocan la falta de sentido de la vida humana.

Aquí enlaza el Papa Francisco  con el famoso principio de Bien Común, de larga tradición en teología moral católica. Así, la categoría de Bien Común significa:

(1)        El respeto a la persona humana en cuanto tal, que posee derechos básicos e inalienables ordenados a su desarrollo integral.

(2)        El bienestar social y el desarrollo de los diversos grupos intermedios, aplicándose aquí el principio de subsidiariedad. Un lugar destacable en estos grupos intermedios es la familia, que la teología moral católica siempre ha considerado la célula básica de la sociedad.

(3)        La paz social, que se produce sin una atención particular a la justicia distributiva (su violación genera violencia). El Estado tendría la obligación de defender y promover este Bien Común.

(Nada de nuevo en esta concepción tradicional de la moral tradicional católica. Habría que investigar si es verdad eso de que la familia es realmente la célula de la sociedad y de qué modelo de familia estamos hablando, y de si el Estado es realmente el que promueve o debería promover el Bien Común o es más bien lo contrario, parte del problema y no de su solución. Pero en todo caso, nos parece interesante trabajar con esta noción de Bien Común, aunque sea un tanto difícil de precisar ahora más en concreto).

Y finalmente, en este capítulo, lo que parece bien interesante es su apelo a la justicia intergeneracional. Citando a los Obispos de Portugal que decían: “El ambiente se sitúa en la lógica de la recepción. Es un préstamo que cada generación recibe y debe transmitir a la generación siguiente” (LS, 145), el Papa Francisco se plantea: “¿Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos sucedan, a los niños que están creciendo?” (LS, ibid.). Esta es una gran responsabilidad para cada generación y no debe ser el resultado de un egoísmo generacional: disfrutar tod@s lo más que podamos y dejar un planeta enfermo para las próximas generaciones.

Pero la pregunta sobre el mundo en general que se quiere dejar es una pregunta de fondo, no solamente con interés ambiental. Hay que plantear esta pregunta de manera no fragmentaria y por eso, en opinión del Papa, formularla juntamente con otras preguntas que van de la mano de la anterior: ¿Para qué pasamos por este mundo? ¿Para qué vinimos a esta vida? ¿Para qué trabajamos y luchamos? ¿Para qué nos necesita esta tierra? Son realmente preguntas de fondo, que son mutuamente implicativas y esto nos muestra una vez más la orientación holística del Papa Francisco.

En todo caso, la solidaridad intergeneracional se convierte en un principio clave del Bien Común hoy.

5. ¿Cuáles serían las líneas de acción?

Francisco enuncia varios tratados internacionales recientes en la Política. Se basan en el criterio de que la interdependencia nos obliga a pensar en un solo mundo, en un proyecto común (cfr.LS, 150). Son las famosas cumbres mundiales (Cumbre de la Tierra, Río de Janeiro, 1992), así como diversos Documentos al respecto (Declaración de Estocolmo, 1972; Convenio de Basilea, sobre los desechos peligrosos; Convención vinculante sobre el comercio internacional de especies amenazadas de fauna y flora silvestre; Convención de Viena para la protección de la capa de ozono y su implementación según el Protocolo de Montreal y sus enmiendas; la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el desarrollo sostenible, Río+20, en Rio de Janeiro, 2012),  que a veces tienen todas ellas la gran debilidad de no establecer después mecanismos verificables eficientes y una formulación jurídica que permita “castigar a los infractores ecológicos”. Es interesante observar que todo esto ha sido resultado de un movimiento ecológico mundial que se ha venido fortaleciendo en los últimos tiempos, donde la sociedad civil presiona a la sociedad política o Estados, y la opinión pública se va tornando cada vez más sensible a estas problemáticas.

Pero el Papa Francisco piensa que se puede hacer un buen trabajo a nivel ecológico también en la presión sobre las instituciones internacionales. El cree que hay todo un diálogo hacia nuevas políticas nacionales y locales. Y observa, con mucho realismo:

        “El drama del inmediatismo político, sostenido también por      poblaciones consumistas, provoca la necesidad de producir       crecimiento a corto plazo. Respondiendo a intereses electorales,    los gobiernos no se exponen fácilmente a irritar a la población       con medidas que puedan afectar al nivel de consumo o poner en riesgo inversiones extranjeras. La miopía de la construcción      de poder detiene la integración de la agenda ambiental con mirada amplia en la agenda pública de los gobiernos “(LS, 160).

Por el contrario, él piensa que:

        “La grandeza política se muestra cuando, en momentos difíciles,      se obra por grandes principios y pensando en el bien común a largo plazo” (LS, 161).

Francisco parece más moderadamente optimista en lo que se refiere a nivel local, donde se pueden dar iniciativas diferentes y alternativas:

        “Pues allí (en la instancia local) se puede generar una mayor   responsabilidad, un fuerte sentido comunitario, una especial        capacidad de cuidado y una creatividad más generosa, un      entrañable amor a la propia tierra, así como se piensa en lo que      se deja a los hijos y a los nietos. Estos valores tienen una    arraigo muy hondo en las poblaciones aborígenes” (LS, ibid.).

Además de esto es muy importante el diálogo y la transparencia en los procesos decisionales, buscando alcanzar consensos entre los distintos actores sociales, que puedan aportar diferentes perspectivas, soluciones y alternativas. Y aquí el Papa lanza una serie de preguntas fundamentales en orden a obtener un verdadero desarrollo integral: ¿Para qué? ¿Por qué? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿De qué manera? ¿Para quién? ¿Cuáles son los riesgos? ¿A qué costo? ¿Quién paga los costos y cómo lo hará?

Igualmente transcendental es el diálogo de la política y la economía para la plenitud humana. Es decir, poner los valores humanos por encima de los dictámenes del paradigma eficientista de la tecnocracia, del absolutismo de las finanzas y de la creencia en la magia del mercado. El ambiente es precisamente uno de los bienes que los mecanismos del mercado son incapaces de defender o de promover adecuadamente. Por lo tanto hay que redefinir el progreso. Precisamente el criterio de Francisco es que un desarrollo tecnológico y económico que no deja un mundo mejor y una calidad de vida integralmente superior no puede realmente considerarse progreso (cfr. LS, 174). Hay aquí, sin citar directamente a Max Weber, una crítica a la absolutización de racionalidad instrumental de este sistema (capitalista), la de los medios, frente a lo que aquel sociólogo denominaba la racionalidad sustantiva o de los valores (cfr. LS, 175)[6].

Y para terminar este capítulo el Papa Francisco también se plantea un diálogo fecundo, realista y práctico entre las religiones y las ciencias. Si la mayor parte de la gente en el planeta Tierra se declara creyente, esto debería provocar un diálogo entre ellas de cara a los temas fundamentales del cuidado de la naturaleza, la defensa de los pobres y la construcción de redes de respeto y de fraternidad.

6. Finalmente, la propuesta de Francisco es por una educación y espiritualidad ecológicas. Esta es una apuesta de fondo, que tiene por objetivo ir más allá de los inmediatismos de la acción social y política. Pretende entrar en las conciencias humanas, pues es allí desde donde hay que partir para cambiar las actitudes y hábitos en lo referente a la vivencia ecológica, tanto a nivel individual como grupal. Y es algo importante además para la Vida Religiosa.

El Papa Francisco apuesta por otro estilo de vida, un estilo de vida alternativo al mercado consumista, en el cual somos adoctrinados y “formateados” todos y todas. Además, la situación actual de la sociedad mundial provoca una situación de inestabilidad e inseguridad, que favorece a su vez formas de egoísmo colectivo. Por eso:

        “Mientras más vacío está el corazón de la persona, más necesita objetos para comprar, poseer y consumir” (LS, 182).

Los desastres no son solo climáticos y naturales, sino también sociales. Sin embargo, no todo está perdido. Los seres humanos tienen siempre la capacidad de reflexionar, recapacitar y de iniciar caminos nuevos hacia la verdadera libertad:

        “No hay sistemas que anulen por completo la apertura al bien,         a la verdad, a la belleza, ni la capacidad de reacción que Dios sigue alentando desde lo profundo de los corazones” (LS, 183).

De esta manera, un cambio en los estilos de vida (o, diríamos mejor, en las formas de vida) podría implicar una presión sana sobre los que tienen poder político, económico y social. De ahí la importancia, para el Papa Francisco, de los movimientos de consumidores. Porque comprar no es simplemente un acto económico, sino un acto moral también (cfr. 184). El nuestro tendría que ser un tiempo recordado por: (1) el despertar de una nueva reverencia ante la vida; (2) por la firme resolución de alcanzar la sostenibilidad; (3) por el aceleramiento en la lucha por la justicia y la paz; y (4) por la alegre celebración de la vida[7].

Lo importante es, pues, superar el individualismo, desarrollando un estilo/forma de vida alternativo/a, que vuelva posible un cambio significativo en la sociedad. Frente a los “mitos” de la modernidad (individualismo, progreso indefinido, competencia, consumismo, mercado sin reglas) hay que recuperar los distintos niveles del equilibrio ecológico: el interno, con uno mismo; el solidario, con las y los demás; el natural, con todos los seres vivos; el espiritual, con Dios.  Todo ello, por supuesto, interrelacionado. Todo esto toca entrañablemente al tema de la espiritualidad.

Esta espiritualidad, para Francisco, no se queda en los pronunciamientos abstractos, sino que baja a lo concreto, alentando educativamente la responsabilidad ambiental en lo cotidiano: evitar el uso de material plástico y de papel, reducir el consumo de agua, separar los residuos, cocinar solo lo que razonablemente se podrá comer, tratar con cuidado a los demás seres vivos, utilizar transporte público (o compartir el mismo vehículo entre varias personas), plantar árboles, apagar las luces innecesarias. Todo esto dentro de una gran creatividad. Y afirma el Papa:

        “No hay que pensar que esos esfuerzos no van a cambiar el    mundo. Esas acciones derraman un bien en la sociedad que    siempre produce frutos más allá de lo que se puede constatar,        porque provocan en el seno de esta tierra un bien que siempre         tiende a difundirse, a veces invisiblemente. Además, el   desarrollo de estos comportamientos nos devuelve el         sentimiento de la propia dignidad, nos lleva a una mayor       profundidad vital, nos permite experimentar que vale la pena pasar por este mundo” (LS, 188-189).

(Curiosamente, estas palabras del Papa se adecuan perfectamente a la teoría de los “campos mórficos”, desarrollado por Rupert Sheldrake en el ámbito estrictamente científico de la Biología[8]. Es un texto, el del Papa, profundamente holístico).

Y Francisco apunta a todo esto en los diversos ámbitos educativos: la escuela, la familia, los medios de comunicación, la catequesis y un largo etc. Igualmente debería ser prioritario en el ámbito de la política, de las diversas asociaciones sociales y de las mismas iglesias. El Papa Francisco espera también que:

        “…en nuestros seminarios y casas religiosas de formación se    eduque para una austeridad responsable, para la contemplación       agradecida del mundo, para el cuidado de la fragilidad de los pobres y del ambiente” (LS, 190).

¡Sin olvidar tampoco la relación entre una adecuada educación estética y la preservación de un ambiente sano!

Todo ello apunta, en la mente del Papa Francisco, a una verdadera conversión ecológica. Porque la verdadera espiritualidad cristiana no está desconectada del propio cuerpo, de la naturaleza o de las realidades de este mundo, sino que vive con ellas, de ellas y en ellas, y en comunión (común+unión) con todo lo que nos rodea.

Por eso, la crisis ecológica es una llamada a una conversión ecológica. Nuestro modelo debería ser el de Francisco de Asís. Esta conversión implica diversas actitudes: gratitud y gratuidad, la amorosa conciencia de no estar desconectados de las demás criaturas, de formar con los demás seres del universo una “preciosa comunión universal” (cfr. LS, 195), el desarrollo de la creatividad y el entusiasmo para resolver los dramas del mundo, así como una gran capacidad de responsabilidad (diríamos “responsabilidad ecológica”).

Y es que, teológicamente, cada criatura refleja algo de Dios y tiene un mensaje que enseñarnos. Cristológicamente, con su encarnación, Jesucristo ha asumido en sí este mundo, y resucitado, habita en lo íntimo de cada ser, rodeándolo todo con su cariño y penetrándolo con su luz. Y si Dios es creador, esto significa que ha infundido en toda su creación un orden y un dinamismo que el ser humano no debe ignorar.

Por eso, la espiritualidad cristiana propone un modo alternativo de entender la calidad de vida. Alienta también un estilo de vida profético y contemplativo, capaz de gozar profundamente, sin obsesionarse por eso por el consumo:

“La espiritualidad cristiana propone un crecimiento con    sobriedad y una capacidad de gozar con poco. Es un retorno a la simplicidad que nos permite detenernos a valorar lo pequeño, agradecer las posibilidades que ofrece al vida sin apegarnos a lo que tenemos ni entristecernos por lo que no poseemos. Esto supone evitar la dinámica del dominio y de la mera acumulación de placeres” (LS, 197).

No hay que confundir, pues, la felicidad con la suma de placeres. La felicidad es cualitativamente diferente y superior a la suma cuantitativa de placeres. Surge aquí la virtud de la sobriedad, que ayuda a valorar cada persona y cada cosa, aprender a tomar contacto y a saber gozar con lo más simple. Pero hay también otros placeres que habría que desarrollar: la satisfacción en los encuentros fraternos, en el servicio, en el despliegue de los carismas, en la música y el arte, en el contacto con la Naturaleza, en la oración. Podemos llamar, a estos placeres que el Papa enumera, “placeres espirituales”.

Relacionado con ello está la paz interior. La paz es mucho más que la simple ausencia de guerra. Precisamente la paz interior tiene mucho que ver, piensa el Papa, con el cuidado de  la ecología y con el bien común. Así, una ecología integral implica dedicar tiempo “para recuperar la serena armonía con la creación, para reflexionar acerca de nuestro estilo de vida y nuestros ideales, para contemplar al Creador, que vive entre nosotros y en lo que nos rodea” (LS, 199). Esta presencia divina no debe ser fabricada, sino descubierta (cfr. ibid.).

Una parte importante de esta espiritualidad integral (nosotros la llamaríamos holística) es el amor civil y político. El amor a la sociedad y el compromiso por el bien común son una forma excelente de amor, que no solo se efectúa entre individuos, sino que afecta a “las macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas” (citando a Benedicto XVI, en su Carta Encíclica Caritas in veritate, de 29 de Junio del 2009)[9].

De una manera poética, mística, en un pan-en-teísmo de gran significado, el Papa Francisco va a decir que el Universo se desarrolla en Dios, que lo llena todo. Así, puede haber “mística en una hoja, en un camino, en un rocío, en el rostro del pobre”. Entonces, lo ideal no es solo pasar de lo exterior a lo interior para descubrir la acción de Dios en el alma, sino también llegar a encontrarlo en todas las cosas[10].

Finalmente, el Papa Francisco encuentra una fundamentación trinitaria (al igual que una mariana) para la eco-espiritualidad. Apoyándose en el santo, teólogo y místico franciscano San Buenaventura, descubre que toda criatura lleva en sí misma una estructura propiamente trinitaria. Y ello porque las Personas divinas son relaciones subsistentes, y el mundo, que ha sido creado según el modelo divino, es también una trama de relaciones.

Las criaturas tienden hacia Dios. Pero es también propio de todo ser viviente tender hacia otra cosa. Por consiguiente, en el seno del Universo se puede encontrar un sinnúmero de relaciones constantes que se entrelazan secretamente[11]. Esto invita no solo a admirar las múltiples conexiones que existen entre las criaturas, sino que nos permite descubrir una clave de nuestra propia realización:

“Porque la persona humana más crece, más madura y más se santifica a medida que entra en relación, cuando sale de sí misma para vivir en comunión con Dios, con los demás y con todas las criaturas. Así asume en su propia existencia ese dinamismo trinitario que Dios ha impreso en ella desde su creación. Todo está conectado, y eso nos invita a madurar una espiritualidad de la solidaridad global que brota del misterio de la Trinidad” (LS, 211).



II.        LOS DESAFÍOS PROFÉTICOS DE LA ECOLOGÍA PARA LA VIDA RELIGIOSA



Llegamos aquí a lo central de nuestra reflexión, después del análisis anterior (comentado) de la Encíclica. Debemos ahora intentar plasmar, a nivel más creativo y propositivo, cuáles son los desafíos que encontramos más significativos para los religios@s y su proyecto de vida a nivel ecológico. He aquí algunos aportes.

1. Como religios@s tenemos que estar muy atent@s a la coherencia entre nuestro discurso (evangélico) y nuestra vida (evangélica también). Nada hay más anti-testimonio y anti-evangélico que predicar unas cosas y vivir otras, muchas veces incluso opuestas. Si algo tiene sentido en la vida religiosa desde hace siglos es su carácter profético. Cuando el institucionalismo y su lógica (normalmente, de poder, influencia, prestigio y medios materiales) predominan en nuestras Congregaciones y nuestras vidas personales, entonces “la sal pierde su sabor” y hemos perdido nuestro rumbo, nuestro Norte (u Oriente, según se vea). Y cuando la sal pierde su sabor y su efectividad es mejor arrojarla fuera. El problema de la VR no es la bajada significativa del número de sus miembros, sino la pérdida de la calidad de vida que debería poseer. “Dejemos que los hermanos prediquen con sus obras”, o con su vida, decía San Francisco de Asís a sus hermanos y esto es válido para todos y todas nosotras que decimos que nos situamos en la óptica de Jesús. Esto es el principio general que afecta a toda nuestra evangelización, principalmente en los ámbitos de Justicia, Paz y Ecología, pero también al nivel del ámbito de nuestras propias comunidades y a su vivencia de fraternidad/sororidad.

2. El Papa Francisco nos llama la atención en su Encíclica sobre una situación social muy opresora y discriminadora. Especialmente con las y los más pobres, marginales y excluidos de la Sociedad. No es suficiente la “caridad social” y las obras de misericordia. Esto es trabajar más sobre los efectos que sobre las causas. Sin negar la necesidad extrema de un inmediatismo de la ayuda urgente, hay que avanzar más hacia un trabajo que incida sobre las causas de esa pobreza, marginación, exclusión. Recordemos aquellas palabras de un profeta de América Latina, como lo fue Monseñor Hélder Câmara, de Brasil, cuando decía: “Si digo que hay que alimentar a los pobres, me llaman santo. Si digo que hay que eliminar las causas de la pobreza, me llaman comunista”. Religiosos y religiosas deberíamos ser los abanderados/as de la causa de la Justicia, la Paz y la Ecología (JPE), pues es la misma causa del Evangelio y de su Maestro, Jesús de Nazaret. Promover la igualdad, la paz profunda (que arranca de lo interior) y el respeto total por la Naturaleza deberían ser nuestras prácticas cotidianas y nuestro testimonio en medio de la sociedad capitalista del derroche, la desigualdad y el privilegio.

3. El Papa también nos llama la atención sobre la mentalidad productivista, propia del paradigma tecnocrático, donde lo que cuenta es la idolatría del dinero, del éxito, del poder, y no los valores humanos de la dignidad de todos los seres humanos, de todos los seres vivos, la flora y la fauna. Podemos preguntarnos: ¿Dónde entra esto en nuestros colegios, en nuestra misión de educadores, en nuestras Parroquias, en nuestras predicaciones, en nuestra obra caritativa, en nuestros escritos y praxis cotidiana, incluyendo aquí la vivencia comunitaria? Todo esto no es algo accesorio, sino lo nuclear del mensaje que decimos defender en el Evangelio, a través del especial carisma de nuestros fundadores/as. Por lo tanto, la JPE es una “piedra de toque” sobre la verdad de nuestras vidas apostólicas y comunitarias.

4. “El manzano no puede dar peras”. ¿Cómo vamos a impulsar los valores de la defensa de la Naturaleza si no tenemos esto todavía bien claro en nuestra mentalidad de religios@s? A veces, lo más difícil es predicar estas cosas a nuestros propios hermanos o hermanas. Pero por ahí se empieza: viviéndolo uno/a mismo/a y contagiándolo a las y los demás. La denuncia es importante, pero debe apoyar en el anuncio de una práctica cotidiana de vivencia ecológica, comunitaria, fraterna y defensa de la justicia frente a l@s injusticiad@s de la Historia. Hay que programar estas cosas y evaluarlas periódicamente. El Papa nos dejó varios ejemplos que, a buen entendedor, deberíamos implementar e ir más allá incluso.

5. Además de los diversos aspectos prácticos que se dicen aquí y acullá en la Encíclica papal, sería bueno, por ejemplo, en lo referente a la cuestión ecológica que en nuestros Proyectos Comunitarios entrasen cuestiones como las siguientes (con criterios de evaluación y seguimiento):

* ¿Tenemos modos alternativos de gestionar la generación de energía de nuestra Comunidad, que conduzcan a un mayor ahorro energético (en lo referente al ahorro de electricidad, agua, uso de plásticos, papel, etc.)?

* ¿Tenemos la disciplina de hacer separación de basura?

* ¿Procuramos usar transportes públicos siempre que posible o compartir los vehículos que tengamos, llevando varias personas,  sobre todo ayudando a gente pobre y necesitada siempre que haga falta (ida a médicos, viajes o parte de ellos, etc.)? ¿Qué tal el uso de bicicletas y otros medios no contaminantes?

* ¿Hay posibilidad de una huerta de la Comunidad? Y, sobre todo, ¿de fomentarla entre los más pobres? En nuestros trabajos pastorales, ¿fomentamos cocinas comunitarias, cocinas solares populares, métodos hidropónicos de cultivo, entre otros posibles?

* También en nuestros trabajos pastorales, ¿fomentamos la medicina alternativa, especialmente la popular, y el uso de fitoterapia curativa? ¿Qué tal fomentar hábitos de higiene y de alimentación más sana? ¿Qué tal la extensión de alimentación vegetariana o semi-vegetariana? ¿Promovemos también la alimentación saludable en nuestras comunidades, a base de mayor introducción de verduras, frutas, líquidos naturales, como zumos de fruta y agua purificada en abundancia, proteína vegetal? (Esto no debe ser un privilegio de algunos lugares, puesto que, si se investiga, hay también alternativas populares y baratas).

* ¿Promovemos en nuestras propias comunidades la práctica del ejercicio físico en general, y otras prácticas alternativas como hatha-yoga, tai chi, pilates, o equivalentes, que ayuden al equilibrio psico-físico-espiritual? ¿Igualmente lo hacemos en nuestro trabajo pastoral?

* ¿Promovemos el hábito de la meditación o mindfulness, que nos ayuden en la observación de nuestros pensamientos, emociones, así como posibilitan que vivamos más en el aquí-y-ahora, en el Presente, y, por supuesto, vivimos la Presencia Divina en el aquí y ahora?

* ¿Procuramos el contacto con la Naturaleza, sin ser adictos a móviles, Internet, y afines, y sin ser tampoco víctimas,  en general de la CEM (contaminación electromagnética)?

* ¿Promueven nuestras Congregaciones la formación de algunos hermanos y hermanas en ciencias sociales, con la finalidad de que ofrezcan técnicamente modelos de economía alternativa al sistema capitalista dominante (modelos de una economía de tipo socialista autogestionario, por ejemplo), así como formulen modelos políticos de democracia directa y participativa, que ayuden a superar el modelo de democracia representativa y formal imperante?

* ¿Promovemos espacios y tiempos de vivencia comunitaria del Arte en su forma plural de manifestar? No solo en nuestras comunidades, sino entre los mismos pobres y excluidos. Un Arte de libre manifestación, donde se exprese lo mejor de nosotros/as mismos/as, generando creatividad, buen humor, positividad y hábitos identitarios alternativos.

* ¿Fomentamos hábitos de vida simple, natural, con una mística de la gratitud y gratuidad, alegrándonos con cada cosa sencilla de la Naturaleza?

* Y, sobre todo, ¿observamos profundamente nuestros apegos y aversiones de todo tipo que nos hacen sufrir, y tampoco ayudan a una vivencia sana comunitaria?

* Finalmente, ¿promovemos una vida en nuestras comunidades que esté preocupada por los derechos humanos de las y los más pobres, especialmente en contra de la inequidad de género, el maltrato infantil, los derechos de los trabajadores/as y de las y los jóvenes en particular, fomentando prácticas autogestionarias de los pobres se auto-organicen y crezcan en conciencia social?

Son solo algunas sugerencias.

En algunos casos son bastante difíciles de realizar debido a la precariedad de medios, pero esto no puede ser visto con mente negativista y pesimista, sino como un incentivo a trabajar por ello, aunque con resultados momentáneamente muy insignificantes. Una vez más, lo que interesa aquí no son los grandes espectáculos en los resultados, sino ese “gota-a-gota” que va humildemente construyendo algo cualitativamente diferente. Con resultados precarios, provisionales y muy modestos. Pero cualitativamente diferentes de los dominantes.

Como el Papa Francisco dice en algún momento, son actitudes importantes aunque no se vean resultados. Estos resultarán en otros lugares, por  transmisión en el espacio-tiempo (aplicando los ya aludidos principios de lo que antes llamamos los ”campos mórficos” de Rupert Shelkdrake), aunque no haya contacto físico.

Si somos verdaderamente mujeres y hombres de Fe evangélica, debemos creer que esto es posible. Son cuestiones de Espiritualidad, de “esperanza contra toda esperanza”. Así se construye una revolución desde abajo, pacífica, pero persistente. ¡La revolución de la noviolencia evangélica!

¿Seremos entonces agentes de ella o meros consumistas pequeño-burgueses “religios@s”? 



fr. rui manuel grácio das neves op

lisboa (portugal)

13.05.16.







[1] Laudato Si’. Sobre el cuidado de la casa común (San Pablo, Madrid 2015), p. 127. Este artículo ha sido escrito según las nuevas normas de escritura de la lengua castellana, en vigencia a partir del 2010 (no acentuación de la distinción en palabras como “solo” o los pronombres demostrativos, por ejemplo). Utilizamos también el lenguaje de género, con la arroba. La Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium aparecerá con la sigla EG y la Encíclica Laudato Si’ con LS, y el número de la página a continuación. La terminología Ibid. significa aquí, en nuestro artículo, que la cita en cuestión aparece en la misma página de la cita anterior.
[2] San Pablo, Madrid 2013.
[3] Cfr. Rui Manuel Grácio das Neves, Dios resucita en la periferia. Hablar de Dios desde América Latina (San Esteban, Salamanca 1991). Este libro se inscribe en una tradición latinoamericana de diálogo entre Teología y Ciencias Sociales, en la línea de la realizada desde hace décadas por Franz Hinkelammert y su grupo del DEI, en San José de Costa Rica.
[4] Op. cit., p. 59.
[5] Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, 462.
[6] Y ya, a principios del siglo pasado, este visionario sociólogo alemán hablaba del “desencantamiento del mundo”, como algo típico de la Modernidad.
[7] Cfr. Carta de la Tierra, La Haya, 29 de junio del 2000 (cfr. LS, 185).
[8] De una manera muy sucinta, podemos decir que un “campo mórfico o morfogenético” es una teoría biológica que defiende que toda acción genera un patrón o modelo de comportamiento futuro, con más probabilidades de que vuelva a ocurrir, que otro cualquiera que nunca se ha dado. Es decir, genera un “hábito natural”, si así se puede decir. O, de otra manera, dada una determinada “masa crítica” de casos, es posible que un evento biológico ocurrido se transmita y reproduzca en el futuro en el espacio/tiempo, sin contacto físico o espacial. Posiblemente, la física cuántica podría dar base a esta teoría biológica. Cfr., entre otras obras, Una nueva ciencia de la vida. La hipótesis de la causación formativa. Kairós, Barcelona, 4ª.ed., 2011.
[9] La cita del Papa Francisco aparece en la página 202 del documento que estudiamos (LS).
[10] Cita aquí, en la página 204 y 205,  a San Buenaventura: “La contemplación es tanto más inminente cuanto más siente en sí el hombre el efecto de la divina gracia o también cuanto mejor sabe encontrar a Dios en la criaturas exteriores”. Igualmente se refiere a San Juan de la Cruz cuando este afirma que todo lo bueno que existen en las cosas, al igual que las experiencias del mundo, están eminentemente en Dios en infinita manera, o, mejor dicho, cada una de estas grandezas que se dicen es Dios. Hablando de la Eucaristía con un sentido cósmico, el Papa Francisco se refiere, aunque sin citarlo explícitamente (aunque sí a Juan Pablo II), a Teilhard de Chardin. Y, en una perspectiva ecuménica, se refiere también Francisco a un maestro espiritual sufí, Ali Al-Kawwas, poeta y místico sufí del siglo IX, cuando este sostenía la necesidad de no separar demasiado las criaturas del mundo de la experiencia de Dios en el interior (cfr. la nota 159, de la página 204 de la LS). No resistimos a la tentación de ciar a este maestro sufí: “No hace falta criticar prejuiciosamente a los que buscan el éxtasis en la música y en la poesía. Hay un secreto sutil en cada uno de los movimientos y sonidos de este mundo. Los iniciados llegan a captar lo que dicen el viento que sopla, los árboles que se doblan, el agua que corre, las moscas que zumban, las puertas que crujen, el canto de los pájaros, el sonido de las cuerdas o las flautas, el suspiro de los enfermos, el gemido de los afligidos…”.
[11] El Papa Francisco se apoya aquí en el magisterio teológico de Santo Tomás de Aquino (Summa Theologiae I, q.11, art. 3; q. 21, art. 1, ad 3; q. 47, art. 3).

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